El cuerpo es como una suegra en casa, pidiendo todo el tiempo y desaprobando todo lo que haces. Cuando parece que no va a reclamar, es todo un vil engaño, sólo espera unas horas más, y ya no te lo podrás quitar de encima con sus quejidos insoportables. ¿Qué ganas de andar jodiendo al inquilino? Si no le da hambre, ya está con ganas de ir a orinar, y si no, ya no puede porque se cae de sueño.
Pareciera que se resiste a vivir, o muy por el contrario, que todo lo hace más vívido. El cuerpo es un hombre extremista, de esos que el punto medio se les hace una indignante mediocridad. Se tira por la borda, echa la casa por la ventana, cuando se trata de sensaciones. Un aroma, un sabor, un sonido… no sólo se queda en su memoria como un sello especialmente difícil de borrar, sino que cuando se manifiesta, lo abarca todo; es una aguda y apremiante sacudida. El problema es que no demuestra tener un carácter definido con respecto a esto, sea dolor o placer, al individuo le da lo mismo; se limita a sentir, a tronar en miles de puntos al mismo tiempo, a desdoblarse en una estrepitosa cadena de reacciones.
Tiene, si se le puede llamar de esta manera, cierta afición por la seguridad del suelo, es un partidario fiel de la gravedad. Y asume una tendencia de ultraderecha cuando de alimentos se trata, porque pobre de aquel que no cumpla con las consignas previamente estipuladas, ya se verá a sí mismo envuelto en sonoras marchas y protestas que desembocarán, inevitablemente, en el zócalo de su pansa. Es escéptico con las palabras y las promesas, ni Santo Tomás es tan riguroso para eso de las acciones hablan, y aunque muchos lo duden, es tan vengativo como el que más.
Aunque en algún momento se le borró la fecha de caducidad, sabe bien cómo contar con los dedos los cumpleaños, por más que se le intente engañar tiene don de vidente, el tercer ojo, que le dice exactamente cuándo, es momento de cerrar el telón.
A pesar de todo, no es un ser antipático. Es gracioso cuando, de pronto, se echa a reír con violentas expulsiones de mocos y baba, carcajadas que, por lo regular, se dan de tres en tres. De vez en cuando, también es precavido. Cuando toca el piso de alguna forma poco conveniente, se desprende del cacho contaminado con las llamadas costras, por aquello de “ya lo chupó el diablo”… no vaya a ser.
Puede comparársele con un baúl, una cajita de esas que tienen terciopelo rojo por dentro, incluso con un frasco de mayonesa. El cuerpo es, finalmente, el contenedor por excelencia. A él te encargas, en él se hornea durante años, el pastel de tu esencia. Si se queja, si grita, si bulle en arranques con los cinco sentidos dilatados, perdónalo. Al fin y al cabo, el cuerpo puede ser como una suegra en casa, sí; pero en tal caso, el arrimado eres tú.
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