viernes, 13 de mayo de 2011

Suegra en casa


El cuerpo es como una suegra en casa, pidiendo todo el tiempo y desaprobando todo lo que haces. Cuando parece que no va a reclamar, es todo un vil engaño, sólo espera unas horas más, y ya no te lo podrás quitar de encima con sus quejidos insoportables. ¿Qué ganas de andar jodiendo al inquilino? Si no le da hambre, ya está con ganas de ir a orinar, y si no, ya no puede porque se cae de sueño.

Pareciera que se resiste a vivir, o muy por el contrario, que todo lo hace más vívido. El cuerpo es un hombre extremista, de esos que el punto medio se les hace una indignante mediocridad. Se tira por la borda, echa la casa por la ventana, cuando se trata de sensaciones. Un aroma, un sabor, un sonido… no sólo se queda en su memoria como un sello especialmente difícil de borrar, sino que cuando se manifiesta, lo abarca todo; es una aguda y apremiante sacudida. El problema es que no demuestra tener un carácter definido con respecto a esto, sea dolor o placer, al individuo le da lo mismo; se limita a sentir, a tronar en miles de puntos al mismo tiempo, a desdoblarse en una estrepitosa cadena de reacciones.

Tiene, si se le puede llamar de esta manera, cierta afición por la seguridad del suelo, es un partidario fiel de la gravedad. Y asume una tendencia de ultraderecha cuando de alimentos se trata, porque pobre de aquel que no cumpla con las consignas previamente estipuladas, ya se verá a sí mismo envuelto en sonoras marchas y protestas que desembocarán, inevitablemente, en el zócalo de su pansa. Es escéptico con las palabras y las promesas, ni Santo Tomás es tan riguroso para eso de las acciones hablan, y aunque muchos lo duden, es tan vengativo como el que más.

Aunque en algún momento se le borró la fecha de caducidad, sabe bien cómo contar con los dedos los cumpleaños,  por más que se le intente engañar tiene don de vidente, el tercer ojo, que le dice exactamente cuándo, es momento de cerrar el telón.

A pesar de todo, no es un ser antipático. Es gracioso cuando, de pronto, se echa a reír con violentas expulsiones de mocos y baba, carcajadas que, por lo regular, se dan de tres en tres. De vez en cuando, también es precavido. Cuando toca el piso de alguna forma poco conveniente, se desprende del cacho contaminado con las llamadas costras, por aquello de “ya lo chupó el diablo”… no vaya a ser.

Puede comparársele con un baúl, una cajita de esas que tienen terciopelo rojo por dentro, incluso con un frasco de mayonesa. El cuerpo es, finalmente, el contenedor por excelencia. A él te encargas, en él se hornea durante años, el pastel de tu esencia. Si se queja, si grita, si bulle en arranques con los cinco sentidos dilatados, perdónalo. Al fin y al cabo, el cuerpo  puede ser como una suegra en casa, sí; pero en tal caso, el arrimado eres tú.

lunes, 9 de mayo de 2011

Los hombres de Ícaro.


Hay un ansia en el hombre que parece siempre urgirlo, orillarlo y empujarlo a buscar, aun debajo de las piedras, esa sensación de libertad absoluta que es tan difícil de encontrar en la rutina.  ¿Por qué anhelamos la libertad? ¿Por qué la humanidad se empeña en hacer de ésta una forma de vida, en hacer de ella un recurso inagotable y propio de bienestar?

Usemos, para esclarecer un poco todo este asunto, una de las primeras asociaciones mentales que hacemos de la palabra libertad: El acto de volar. Me parece que no podemos hallar una mejor imagen para englobar todos aquellos sentimientos, conceptos, y connotaciones que aluden, de alguna forma, a la noción que queremos desmenuzar.

Volar ¿Quién no quiso, en algún momento de su infancia (algunos también en la adultez) hacerla de Peter Pan, y volar sobre los techos de Londres? ¿Quién no soñó con poseer una capa de superhéroe, unas alas de largas plumas, o un simpe don extraordinario que le permitiera flotar ingrávido por encima de las nubes? Pero ¿Qué es lo que verdaderamente nos atrae de este concepto? Y ¿Qué características lo hacen tan cercano, incluso un símil, de la libertad?

Un ente volador puede ir a donde mejor le convenga, o le plazca, así como los seres que no tienen esa habilidad; sin embargo, hay una gracia particular en eso de alzarse por los aires. Seguramente tiene mucho que ver con el hecho de que el aire es transparente, por lo cual el objeto o animal que hace uso de él parece independiente de todo medio para transportarse. Se forma la ilusión de que el ser/objeto no necesita a nada ni a nadie para viajar y llegar al lugar que desee, así como no existe ninguna atadura que lo mantenga anclado. En pocas palabras: Autonomía total.

Otro punto que vale la pena mencionar, es que no hay límites para el vuelo, la movilidad es absoluta. Arriba, abajo, a un lado o al otro, no importa, las barreras con las que continuamente tiene que enfrentarse el ser humano desaparecen. El cielo carece de muros, y en él, la libertad se extiende a sus anchas.

Un factor sumamente relevante, y al cual casi no se le toma en cuenta, es la diversión. Cuando uno observa a dos niños jugando en el parque, inevitablemente nos sobreviene una sonrisa, porque uno sabe que esos pequeños son libres. No tienen miedo, ni preocupaciones, sólo están divirtiéndose. Volar se escucha como la cosa más divertida del mundo, por lo que, también se le mira como la acción más libre, y viceversa. Esta liga irrevocable casi nunca ha sido apreciada como debería.

Tal vez se relacione el vuelo con la libertad, en gran parte, porque el vuelo se realiza a una altura considerable del suelo. Esta altura puede simbolizar la lejanía de lo terrenal, de aquello cotidiano, común y humano. El cielo, arriba… Estas cuestiones evocan a la ensoñación, a salir de uno mismo, a ir, aunque sea con la imaginación, lo más alto que se pueda.

Y hablando de altura, no debemos pasar por alto que cuando imaginamos a un ave volar, jamás pensamos en la posibilidad que pudiera caer. Nosotros, como seres terrestres, estamos atados al piso, y con cualquier traspié ir directo a saludarlo de beso; pero cuando hablamos de volar, la cosa cambia. Las aves son libres porque no temen caer, se ocupan solamente de hacer lo que saben hacer mejor.

Puede ser que existan cientos de razones por las cuales la libertad cautive a los seres humanos, y otras tantas por las que volar se haya convertido en el símbolo inequívoco que la represente, pero también puede ser que volar sea una triste imitación de lo que la verdadera libertad significa.

Sea lo que sea, el hombre ha encontrado muy buenos suplentes para su privación  de alas: el deporte, la imaginación, la creación, el arte, etc. Todas estas actividades y muchas otras, no hacen más que liberar al hombre, elevarlo, provocar que en su vuelo figurativo encuentre más altura que con cualquier par de alas; y que logre vislumbrar en el horizonte, algo más bello que su propia libertad.

lunes, 14 de marzo de 2011

Ceguera


— Deja de esconderte. —  En la caverna todo era oscuridad, ni un triste rayo de sol se colaba entre las rocas. Enio aguzaba su vista en busca de cualquier indicio que pudiera delatar a sus perseguidoras.
— Cada vez es lo mismo contigo, llevamos toda la eternidad con esto. ¡Además es mi turno! — La voz pastosa y avejentada de Dino retumbó con eco por la bóveda de piedra. Furiosa como estaba, no atinaba dar dos pasos firmes, y se balanceaba sobre sus pies descalzos.
—Ya deberías de haberte acostumbrado a sus niñerías, si tú eres igual. — Contestó Pefredo con hastío, mientras extendía las manos frente a su cara arrugada, como intentando hallar algo. — Un día más, te lo pago después… Siempre rogando. De todas maneras me toca a mí Dino, y lo sabes perfectamente. 
— ¡Mentirosa! Nos hablas como si fueras la mayor, ya deja de hacerte la madura. Tú te quedaste con él más de dos turnos. — A Dino le costaba trabajo permanecer tranquila.  Acezante, movía la cabeza de un lado a otro, intentando acaso escuchar los movimientos de sus hermanas.
— Sólo fue porque Enio me robó mi turno otras dos veces. Ojo por ojo. — Dijo Pefredo, deteniéndose por un momento, para luego continuar su peregrinación por la cueva hedionda.
— ¡Ya déjate de tonterías hermana! Cómo si…— Pero Dino se interrumpió abruptamente. Como guiada por un instinto divino dio dos pasos hacía adelante y estiró el brazo. — ¡Te tengo! 
—  ¡Suéltame! ¡Suéltame! —  Enio se retorcía con desesperación. La piel se le arrugaba y estiraba con cada nuevo tirón, y el cabello blanco se le pegaba a la cara sudorosa. — ¡Ustedes deberían estar dormidas! —
— No porque seamos unas ancianas vamos a estar echadas toda la vida. — Pefredo había llegado junto a las otras dos, y ahora se aferraba también a las muñecas de su hermana. —Si yo lo tuviera, tú tampoco te irías a dormir tan contenta, ya déjalo Enio. — El forcejeo se intensificaba, las tres viejas iban de un lado a otro, tropezando con las piedras, arañándose, empujando. Pero ninguna de ellas abandonaba.
— ¡Dámelo Enio! — Gritó Dino enterrándole las uñas en la cara.
 Con un aullido de dolor Enio se soltó, y el ojo que con tanto recelo había cuidado se le resbaló entre los dedos.
— ¿Dónde está? ¿Dónde quedó? —  Perfedo se apoyó sobre sus huesudas rodillas y comenzó a tantear el piso. Sus hermanas la imitaron. — ¡Cómo son estúpidas!— Las grayas permanecieron así, a gatas y peleando,  gran parte de su inmortalidad, sin saber que el pequeño ojo compartido, había ido a caer en una fosa tres metros más allá.

martes, 1 de marzo de 2011

Carta 2


A ti:                                                                          
He tomado, durante tres cuartos de siglo, siempre el mismo libro para acudir a nuestras citas, y digo citas, para hacerme a la idea de un consentimiento mutuo. Puedes concebirme, al escuchar esta imprudente confesión, como una amenaza aterradora, pero no lo soy.
Admito que puedo mirarte hora tras hora sin pronunciar palabra, en una vigilia enferma, y que ebrio de tu aroma te he rastreado hasta tu casa, innumerable veces. Pero no aceptaré, nunca, que mis actos provinieran de una malicia inmoral, o de una locura subestimada. No.
Es que te conozco tanto, te he estudiado tan de cerca, que ya ni siquiera notas mi presencia. Como esa vez que te cortaste en la cocina, pelando quién sabe que cosa y pensando en el estúpido ese. Esa vez, te lo juro, sentí tu dolor y tus lágrimas como mías. Pero poco te sirvieron mis consejos, porque esa misma noche te fugaste con él.
Perdóname el reclamo, no tengo derecho a reprocharte nada. Yo soy el que los observó tras la puerta mientras hacían el amor, y el que dio vuelta a la hoja cuando querías llorar en mi hombro. Eres como de papel, absolutamente efímera.
Lo mejor que he podido hacer, es comprarte un separador, de esos con un hilo en el extremo, pero igual lo terminé usando yo. Ahora mismo desfallezco por verte. Hoy irás a la cafetería del parque, esa donde lo conocerás –Maldito-. Lo habré leído más de cincuenta veces, y me sigue enamorando tu discreta coquetería. No, hoy tampoco te entregaré la carta ¿Qué sentido tiene? Para la página cuarenta y tres, haga lo que haga, te habrás marchado en su compañía.

Atte. Tu fiel lector.

sábado, 5 de febrero de 2011

Autorretrato

Lucia es, poco más, poco menos, un manojo de reflexiones, de inquietudes, de magma burbujeante; una pelusa voluble y caprichosa que se pone a bailar con el mínimo indicio de viento. Es, si usted gusta del optimismo poco meditado, intuitiva, incluso da el ancho de inteligente, la pinta de construir complejos procesos mentales.
 
Pescó el síndrome de Peter Pan quién sabe en donde, y su perspectiva del mundo se detuvo en el metro y cincuenta y siete. La voracidad se le acumula con la saliva cuando huele arte o galletas, es, si me lo permite, una hambreada, una impaciente.
 
Algunos creen que mira todo color verde, y tal vez lo hace, pero si le preguntáramos seguramente diría que ya se le olvidó. Es una mula inamovible, hinchada de flojera. Parece tener la costumbre de talquearse en las mañanas, porque es blanquita de casi todos lados.
 
La poesía se le escurre de la cabeza en cabellos castaños, si se fija usted bien, puede mirar las palabras chorreando: piltrafa por aquí, desfachatez por allá, cayendo en pequeñas gotas. 
¡Ah! Véala usted, ahí viene ¿no es como le dije?

sábado, 22 de enero de 2011

Carta


A quien corresponda:

En realidad no suelo escribir cartas, no es una de mis buenas costumbres, ni tampoco un acto de cortesía si usted. Muy por el contrario, porque lo que usted hizo deja la concepción de barbaridad muy por debajo de los estándares con los que se podría designar tal comportamiento.

No crea que soy uno de esos fatalistas, que lloran y se desviven en reclamos por, no sé... un par de zapatos por ejemplo, no señor, pero mire que cambiarme al muerto.

Yo entiendo que su trabajo no es el mejor referente de sencillez, pero ¡por el amor del cielo! No es un servicio de paquetería express.

Pocas veces he visto a la tía Gertrudis tan destrozada. Tener a su marido años fuera del país, para que cuando regrese lo haga con los pies por delante, y encima, cuando quiere darle santa sepultura, resulta que hubo una "pequeña equivocación", "mil disculpas".

La forma en que sucedió todo fue de por sí dramática, pero debo admitir que en eso usted no tuvo nada que ver. Que la tía Gertrudis quisiera darle a su esposo un último adiós y en su lugar se encontrará una vieja regordeta, y fuera precisamente mi tía la que descubriera tal confusión, bueno, eso no estaba exactamente en sus manos, ni eso, ni el ataque de asma que le sobrevino después a la pobre mujer. ¡Vaya pesadilla!

Ahí nos tiene mi hermano y a mí, con un teléfono en cada mano, llamando a cualquier cantidad de gente para averiguar qué había sido del desdichado tío. No dejo de pensar también, las penurias que habrá pasado la familia de la vieja desconocida a la que, por supuesto,  se le dedicó una novena. Al menos tuvimos a quién rezarle en el velorio.

Espero que ahora entienda lo tan terrible que resultó su "pequeña equivocación", la cual dista mucho de ser pequeña, puesto que hasta la fecha, seguimos sin localizar a nuestro difunto, que en paz descanse.

Sin espera de respuesta, quedo de usted.
XXXXX

domingo, 16 de enero de 2011

Contraportada


Tarea escolar. Realizar la contraportada de mi libro favorito: Seda, de Alessandro Barrico. 


Sujete bien este pequeño libro, querido lector. No lo suelte. Tiene entre sus manos un fragmento de la vida de unos cuantos, pero ese fragmento, se lo aseguro, puede darle un gran vuelco a su capacidad de asombro.
Este es un libro para los pacientes, para los que duermen y creen estar despiertos. Para los que buscan un amor, y para los que lo han encontrado. Para los silencios.
Seda es uno de esos libros poco comunes donde la narración es el remitente perfecto a una realidad donde lo esencial sucede en primer plano, y donde la vida diaria no es más que la tímida fachada de una casa más grande.

Alessandro Barrico (1958) Novelista, dramaturgo y periodista italiano. Es autor de novelas como Tierras de cristal (1991), Océano mar (1993), City (1999) entre otros. Fundador de la escuela Molden de “técnicas de escritura”. Baricco se ha consagrado como uno de los principales escritores italianos de los últimos tiempos.