lunes, 14 de marzo de 2011

Ceguera


— Deja de esconderte. —  En la caverna todo era oscuridad, ni un triste rayo de sol se colaba entre las rocas. Enio aguzaba su vista en busca de cualquier indicio que pudiera delatar a sus perseguidoras.
— Cada vez es lo mismo contigo, llevamos toda la eternidad con esto. ¡Además es mi turno! — La voz pastosa y avejentada de Dino retumbó con eco por la bóveda de piedra. Furiosa como estaba, no atinaba dar dos pasos firmes, y se balanceaba sobre sus pies descalzos.
—Ya deberías de haberte acostumbrado a sus niñerías, si tú eres igual. — Contestó Pefredo con hastío, mientras extendía las manos frente a su cara arrugada, como intentando hallar algo. — Un día más, te lo pago después… Siempre rogando. De todas maneras me toca a mí Dino, y lo sabes perfectamente. 
— ¡Mentirosa! Nos hablas como si fueras la mayor, ya deja de hacerte la madura. Tú te quedaste con él más de dos turnos. — A Dino le costaba trabajo permanecer tranquila.  Acezante, movía la cabeza de un lado a otro, intentando acaso escuchar los movimientos de sus hermanas.
— Sólo fue porque Enio me robó mi turno otras dos veces. Ojo por ojo. — Dijo Pefredo, deteniéndose por un momento, para luego continuar su peregrinación por la cueva hedionda.
— ¡Ya déjate de tonterías hermana! Cómo si…— Pero Dino se interrumpió abruptamente. Como guiada por un instinto divino dio dos pasos hacía adelante y estiró el brazo. — ¡Te tengo! 
—  ¡Suéltame! ¡Suéltame! —  Enio se retorcía con desesperación. La piel se le arrugaba y estiraba con cada nuevo tirón, y el cabello blanco se le pegaba a la cara sudorosa. — ¡Ustedes deberían estar dormidas! —
— No porque seamos unas ancianas vamos a estar echadas toda la vida. — Pefredo había llegado junto a las otras dos, y ahora se aferraba también a las muñecas de su hermana. —Si yo lo tuviera, tú tampoco te irías a dormir tan contenta, ya déjalo Enio. — El forcejeo se intensificaba, las tres viejas iban de un lado a otro, tropezando con las piedras, arañándose, empujando. Pero ninguna de ellas abandonaba.
— ¡Dámelo Enio! — Gritó Dino enterrándole las uñas en la cara.
 Con un aullido de dolor Enio se soltó, y el ojo que con tanto recelo había cuidado se le resbaló entre los dedos.
— ¿Dónde está? ¿Dónde quedó? —  Perfedo se apoyó sobre sus huesudas rodillas y comenzó a tantear el piso. Sus hermanas la imitaron. — ¡Cómo son estúpidas!— Las grayas permanecieron así, a gatas y peleando,  gran parte de su inmortalidad, sin saber que el pequeño ojo compartido, había ido a caer en una fosa tres metros más allá.

martes, 1 de marzo de 2011

Carta 2


A ti:                                                                          
He tomado, durante tres cuartos de siglo, siempre el mismo libro para acudir a nuestras citas, y digo citas, para hacerme a la idea de un consentimiento mutuo. Puedes concebirme, al escuchar esta imprudente confesión, como una amenaza aterradora, pero no lo soy.
Admito que puedo mirarte hora tras hora sin pronunciar palabra, en una vigilia enferma, y que ebrio de tu aroma te he rastreado hasta tu casa, innumerable veces. Pero no aceptaré, nunca, que mis actos provinieran de una malicia inmoral, o de una locura subestimada. No.
Es que te conozco tanto, te he estudiado tan de cerca, que ya ni siquiera notas mi presencia. Como esa vez que te cortaste en la cocina, pelando quién sabe que cosa y pensando en el estúpido ese. Esa vez, te lo juro, sentí tu dolor y tus lágrimas como mías. Pero poco te sirvieron mis consejos, porque esa misma noche te fugaste con él.
Perdóname el reclamo, no tengo derecho a reprocharte nada. Yo soy el que los observó tras la puerta mientras hacían el amor, y el que dio vuelta a la hoja cuando querías llorar en mi hombro. Eres como de papel, absolutamente efímera.
Lo mejor que he podido hacer, es comprarte un separador, de esos con un hilo en el extremo, pero igual lo terminé usando yo. Ahora mismo desfallezco por verte. Hoy irás a la cafetería del parque, esa donde lo conocerás –Maldito-. Lo habré leído más de cincuenta veces, y me sigue enamorando tu discreta coquetería. No, hoy tampoco te entregaré la carta ¿Qué sentido tiene? Para la página cuarenta y tres, haga lo que haga, te habrás marchado en su compañía.

Atte. Tu fiel lector.