martes, 1 de marzo de 2011

Carta 2


A ti:                                                                          
He tomado, durante tres cuartos de siglo, siempre el mismo libro para acudir a nuestras citas, y digo citas, para hacerme a la idea de un consentimiento mutuo. Puedes concebirme, al escuchar esta imprudente confesión, como una amenaza aterradora, pero no lo soy.
Admito que puedo mirarte hora tras hora sin pronunciar palabra, en una vigilia enferma, y que ebrio de tu aroma te he rastreado hasta tu casa, innumerable veces. Pero no aceptaré, nunca, que mis actos provinieran de una malicia inmoral, o de una locura subestimada. No.
Es que te conozco tanto, te he estudiado tan de cerca, que ya ni siquiera notas mi presencia. Como esa vez que te cortaste en la cocina, pelando quién sabe que cosa y pensando en el estúpido ese. Esa vez, te lo juro, sentí tu dolor y tus lágrimas como mías. Pero poco te sirvieron mis consejos, porque esa misma noche te fugaste con él.
Perdóname el reclamo, no tengo derecho a reprocharte nada. Yo soy el que los observó tras la puerta mientras hacían el amor, y el que dio vuelta a la hoja cuando querías llorar en mi hombro. Eres como de papel, absolutamente efímera.
Lo mejor que he podido hacer, es comprarte un separador, de esos con un hilo en el extremo, pero igual lo terminé usando yo. Ahora mismo desfallezco por verte. Hoy irás a la cafetería del parque, esa donde lo conocerás –Maldito-. Lo habré leído más de cincuenta veces, y me sigue enamorando tu discreta coquetería. No, hoy tampoco te entregaré la carta ¿Qué sentido tiene? Para la página cuarenta y tres, haga lo que haga, te habrás marchado en su compañía.

Atte. Tu fiel lector.

No hay comentarios:

Publicar un comentario