— Deja de esconderte. — En la caverna todo era oscuridad, ni un triste rayo de sol se colaba entre las rocas. Enio aguzaba su vista en busca de cualquier indicio que pudiera delatar a sus perseguidoras.
— Cada vez es lo mismo contigo, llevamos toda la eternidad con esto. ¡Además es mi turno! — La voz pastosa y avejentada de Dino retumbó con eco por la bóveda de piedra. Furiosa como estaba, no atinaba dar dos pasos firmes, y se balanceaba sobre sus pies descalzos.
—Ya deberías de haberte acostumbrado a sus niñerías, si tú eres igual. — Contestó Pefredo con hastío, mientras extendía las manos frente a su cara arrugada, como intentando hallar algo. — Un día más, te lo pago después… Siempre rogando. De todas maneras me toca a mí Dino, y lo sabes perfectamente.
— ¡Mentirosa! Nos hablas como si fueras la mayor, ya deja de hacerte la madura. Tú te quedaste con él más de dos turnos. — A Dino le costaba trabajo permanecer tranquila. Acezante, movía la cabeza de un lado a otro, intentando acaso escuchar los movimientos de sus hermanas.
— Sólo fue porque Enio me robó mi turno otras dos veces. Ojo por ojo. — Dijo Pefredo, deteniéndose por un momento, para luego continuar su peregrinación por la cueva hedionda.
— ¡Ya déjate de tonterías hermana! Cómo si…— Pero Dino se interrumpió abruptamente. Como guiada por un instinto divino dio dos pasos hacía adelante y estiró el brazo. — ¡Te tengo!
— ¡Suéltame! ¡Suéltame! — Enio se retorcía con desesperación. La piel se le arrugaba y estiraba con cada nuevo tirón, y el cabello blanco se le pegaba a la cara sudorosa. — ¡Ustedes deberían estar dormidas! —
— No porque seamos unas ancianas vamos a estar echadas toda la vida. — Pefredo había llegado junto a las otras dos, y ahora se aferraba también a las muñecas de su hermana. —Si yo lo tuviera, tú tampoco te irías a dormir tan contenta, ya déjalo Enio. — El forcejeo se intensificaba, las tres viejas iban de un lado a otro, tropezando con las piedras, arañándose, empujando. Pero ninguna de ellas abandonaba.
— ¡Dámelo Enio! — Gritó Dino enterrándole las uñas en la cara.
Con un aullido de dolor Enio se soltó, y el ojo que con tanto recelo había cuidado se le resbaló entre los dedos.
— ¿Dónde está? ¿Dónde quedó? — Perfedo se apoyó sobre sus huesudas rodillas y comenzó a tantear el piso. Sus hermanas la imitaron. — ¡Cómo son estúpidas!— Las grayas permanecieron así, a gatas y peleando, gran parte de su inmortalidad, sin saber que el pequeño ojo compartido, había ido a caer en una fosa tres metros más allá.
jajaja... eso les pasa por no saber compartir
ResponderEliminar