A quien corresponda:
En realidad no suelo escribir cartas, no es una de mis buenas costumbres, ni tampoco un acto de cortesía si usted. Muy por el contrario, porque lo que usted hizo deja la concepción de barbaridad muy por debajo de los estándares con los que se podría designar tal comportamiento.
No crea que soy uno de esos fatalistas, que lloran y se desviven en reclamos por, no sé... un par de zapatos por ejemplo, no señor, pero mire que cambiarme al muerto.
Yo entiendo que su trabajo no es el mejor referente de sencillez, pero ¡por el amor del cielo! No es un servicio de paquetería express.
Pocas veces he visto a la tía Gertrudis tan destrozada. Tener a su marido años fuera del país, para que cuando regrese lo haga con los pies por delante, y encima, cuando quiere darle santa sepultura, resulta que hubo una "pequeña equivocación", "mil disculpas".
La forma en que sucedió todo fue de por sí dramática, pero debo admitir que en eso usted no tuvo nada que ver. Que la tía Gertrudis quisiera darle a su esposo un último adiós y en su lugar se encontrará una vieja regordeta, y fuera precisamente mi tía la que descubriera tal confusión, bueno, eso no estaba exactamente en sus manos, ni eso, ni el ataque de asma que le sobrevino después a la pobre mujer. ¡Vaya pesadilla!
Ahí nos tiene mi hermano y a mí, con un teléfono en cada mano, llamando a cualquier cantidad de gente para averiguar qué había sido del desdichado tío. No dejo de pensar también, las penurias que habrá pasado la familia de la vieja desconocida a la que, por supuesto, se le dedicó una novena. Al menos tuvimos a quién rezarle en el velorio.
Espero que ahora entienda lo tan terrible que resultó su "pequeña equivocación", la cual dista mucho de ser pequeña, puesto que hasta la fecha, seguimos sin localizar a nuestro difunto, que en paz descanse.
Sin espera de respuesta, quedo de usted.
XXXXX
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